Me siento solo/a aunque esté acompañado/a: ¿por qué pasa esto?
- Mireia Font Becerra
- 30 jun
- 2 Min. de lectura
Hay momentos en los que, incluso rodeado/a de personas, sentimos una desconexión difícil de explicar. Estamos en pareja, con amigos/as, en reuniones familiares... pero por dentro, algo se siente vacío, lejano, como si no estuviéramos realmente ahí. La frase “me siento solo/a aunque esté acompañado/a” refleja un malestar emocional muy real, que va más allá de la presencia física de los demás.

Desde la psicología, esta vivencia de soledad tiene raíces más allá del presente inmediato. No se trata solo de lo que ocurre fuera, sino también de cómo estamos internamente, de cómo hemos aprendido —o no— a habitar el vínculo, a confiar, a dejarnos ver y sostener emocionalmente.
Hay personas que crecieron rodeadas de otras, pero sin haber sido vistas realmente. Vínculos donde no había espacio para las emociones, donde había que ser fuerte, correcto/a, o no “molestar”. En esas experiencias tempranas, muchas veces se construye una soledad silenciosa: la de quien ha estado acompañado/a, pero nunca verdaderamente en contacto.
Con el tiempo, ese modo de estar en el mundo se vuelve familiar. Nos relacionamos con otros/as, pero desde una distancia emocional que apenas notamos. Tal vez nos mostramos disponibles, resolutivos/as, agradables. Pero no dejamos ver nuestras zonas más vulnerables, porque aprendimos que mostrarlas era peligroso, inútil o incómodo para los demás.
Y al no poder mostrar lo que de verdad sentimos, la soledad se cuela incluso en medio del afecto. Porque no se trata solo de tener compañía, sino de sentir que hay un otro dispuesto a encontrarse con lo que somos, no solo con lo que damos o representamos.
Desde lo relacional, la soledad también puede venir de vínculos donde uno/a siempre cuida pero no es cuidado/a, donde el dar se vuelve una forma de permanecer pero no hay espacio para recibir. O donde hay diálogo, pero no escucha. O donde hay palabras, pero no presencia emocional.
En terapia, a veces esta soledad se manifiesta en forma de angustia, vacío, tristeza inexplicable o fatiga crónica. No siempre se reconoce como “soledad”. Pero en el fondo, muchas personas llegan con ese anhelo profundo: poder ser vistas, sostenidas, acompañadas desde un lugar real.
El trabajo terapéutico permite, poco a poco, reconectar con uno/a mismo/a y con el deseo de vínculo auténtico. A veces, solo en la experiencia de un espacio donde no hay que hacer nada más que ser, puede empezar a tejerse algo distinto: la vivencia de estar con alguien sin tener que dejarse atrás.
Sentirse solo/a aun estando acompañado/a no es algo de lo que haya que avergonzarse. Es una señal. Una invitación a mirar adentro, a revisar cómo nos construimos en la relación con los otros/as y con nosotros/as mismos/as. Y quizás, a recuperar la esperanza de que sí es posible habitar el vínculo desde un lugar más verdadero.
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