¿Por qué tengo tanto miedo a fallar?
- Mireia Font Becerra
- 15 jun 2025
- 3 Min. de lectura
A todos/as nos cuesta equivocarnos. Pero para algunas personas, el miedo a fallar se convierte en una barrera que les impide tomar decisiones, iniciar proyectos o disfrutar de lo que hacen. Ese miedo no se vive como una simple incomodidad, sino como una angustia profunda que activa pensamientos como “no sirvo”, “voy a decepcionar”, “si fallo, todo se viene abajo”. ¿Por qué un error puede llegar a doler tanto? ¿Por qué tengo tanto miedo a fallar?

Desde una mirada psicoanalítica, el miedo a fallar no es solo una cuestión de inseguridad o de perfeccionismo. Detrás de esa angustia suele haber una historia emocional, una forma en la que la persona ha aprendido a relacionarse consigo misma y con los demás. Y ese aprendizaje tiene raíces muy tempranas.
Durante la infancia, vamos construyendo una imagen de quiénes somos en función de cómo nos miran y nos tratan las personas importantes para nosotros/as: padres, madres, figuras cuidadoras. Si esas personas nos transmitieron, de forma directa o indirecta, que nuestro valor dependía de hacerlo bien, de no equivocarnos, de no molestar, es posible que hayamos interiorizado que fallar es algo peligroso. No por el error en sí, sino por lo que podría significar: que dejen de querernos, que nos rechacen, que nos avergüencen.
En psicoanálisis se habla del “yo”, que es la parte de nuestra mente que intenta mantenernos en equilibrio, que construye una imagen de quienes somos y trata de sostenerla frente a las exigencias externas e internas. Cuando fallamos, esa imagen del “yo” se tambalea. Nos sentimos expuestos/as, vulnerables, con la sensación de no valer lo suficiente. El error no solo se experimenta como un hecho aislado, sino como una amenaza al modo en que nos sostenemos por dentro.
También hablamos del “superyó”, una especie de voz interna que nos dice lo que está bien y lo que está mal, que nos exige, nos corrige, y a veces, nos castiga. Esta voz se forma a partir de lo que hemos escuchado y sentido en casa, en la escuela, en la sociedad. Si ese superyó es muy duro, cualquier pequeño fallo puede activar una crítica feroz: “no deberías haber hecho eso”, “no vales para esto”, “eres un fracaso”. Y esa crítica no viene de fuera, sino de dentro de uno/a mismo/a.
Por eso, muchas veces, el miedo a fallar no está ligado a una situación concreta, sino a todo lo que representa en nuestra historia emocional. Fallar puede activar viejas heridas: sentir que no se está a la altura, que se va a perder el afecto del otro, que uno/a será humillado o rechazado.
En terapia no se intenta simplemente “quitar” el miedo, ni convencer a la persona de que no pasa nada por equivocarse. Lo que se hace es escuchar ese miedo con profundidad, entender de dónde viene, qué escenas o vivencias lo han alimentado, qué expectativas o mandatos lo sostienen. No se trata solo de gestionar un síntoma, sino de acompañar a la persona a mirar lo que hay debajo.
Cuando se hace ese recorrido, algo cambia. El miedo no desaparece del todo, pero se vuelve más manejable. Fallar ya no se vive como una catástrofe, sino como algo que puede formar parte de la experiencia humana. Aparece más compasión hacia uno/a mismo/a, más flexibilidad, más libertad para probar, para equivocarse, para vivir.
Porque al final, el miedo a fallar también es el miedo a no ser querido/a si no somos perfectos. Y poder descubrir que somos valiosos/as incluso en nuestra imperfección, es quizás una de las transformaciones más profundas que puede ofrecer un proceso terapéutico.




Comentarios