¿Por qué siempre me pasa lo mismo con las relaciones?
- Mireia Font Becerra
- 15 jun 2025
- 3 Min. de lectura
Puede que te haya pasado más de una vez: empiezas una relación con ilusión, pensando que esta vez será diferente, y sin embargo, con el tiempo te das cuenta de que se repite lo de siempre. Vuelves a sentirte no escuchado/a, terminas adaptándote demasiado al otro/a, o acabas atrapado/a en dinámicas que te hacen daño. Aunque cambien las personas, la sensación es parecida: el mismo vacío, la misma frustración, el mismo desgaste emocional. Y entonces surge la pregunta: ¿por qué siempre me pasa lo mismo con las relaciones?

Quizás esta repetición no es una simple coincidencia ni una “mala suerte”. Tiene que ver con patrones relacionales que aprendimos en etapas muy tempranas de la vida, muchas veces sin darnos cuenta. La manera en que nos relacionamos está profundamente influida por nuestras experiencias infantiles, especialmente por los primeros vínculos afectivos.
Cuando éramos niños/as, desarrollamos estrategias emocionales para sentirnos protegidos/as, valorados/as y aceptados/as. Si, por ejemplo, creciste con una figura que solo mostraba afecto cuando cumplías sus expectativas, quizás hayas aprendido a ganarte el amor complaciendo, sacrificándote o silenciando tus propias necesidades. Si viviste en un entorno donde no podías confiar —porque había abandono, inestabilidad o reacciones imprevisibles— es posible que ahora te cueste abrirte o dependas en exceso de ciertas señales para sentirte seguro/a.
Estos aprendizajes tempranos no desaparecen al crecer, sino que muchas veces se activan automáticamente, sobre todo en relaciones importantes. Así, puedes terminar eligiendo parejas o amistades que refuerzan esa idea profunda de que tienes que hacer mucho para que te quieran, o que no eres suficiente tal como eres.
Ejemplos que se repiten
“Siempre me toca cuidar”: te relacionas con personas que necesitan que las sostengas emocionalmente, mientras tú vas quedando en segundo plano.
“Me cuesta pedir lo que necesito”: en la relación todo gira en torno al otro/a, y cuando intentas expresarte, te sientes culpable o egoísta.
“Aguanto demasiado”: aunque hay señales de malestar, te cuesta poner límites por miedo a perder a la otra persona o a generar conflicto.
“Me engancho rápido”: idealizas al otro/a desde el principio, buscando llenar un vacío interno que a menudo no tiene que ver con esa persona concreta.
“Me cuesta confiar”: evitas vincularte de forma profunda porque temes salir herido/a, pero esa distancia también te hace sentir solo/a o desconectado/a.
¿Por qué repetimos lo que nos duele?
A nivel inconsciente, muchas veces buscamos reproducir aquello que nos es familiar, incluso si nos hace daño. Es una forma de intentar “reparar” algo que no pudimos resolver en su momento: que esta vez alguien se quede, que esta vez me vean, que esta vez me quieran sin tener que esforzarme tanto. Pero sin un proceso de revisión interna, acabamos eligiendo desde el dolor y no desde el deseo consciente.
¿Se puede cambiar este patrón? Sí. Y el primer paso es dejar de mirar fuera para empezar a mirar dentro. La terapia ofrece un espacio donde explorar estos patrones con profundidad: entender de dónde vienen, qué función cumplieron en su momento, y cómo están operando hoy. El objetivo no es culpar al pasado, sino comprender cómo influye en nuestro presente.
En el proceso terapéutico, podemos empezar a cuestionar esas ideas arraigadas (“si no doy todo, me dejarán”, “mis emociones no importan”, “el otro siempre tiene la razón”) y construir nuevas formas de vincularnos. También se trabaja la capacidad de estar con uno/a mismo/a sin tanto juicio, aprender a poner límites sin miedo, y reconocer qué tipo de relación realmente nos hace bien.
Cuando sentimos que siempre nos pasa lo mismo con las relaciones, probablemente estamos atrapados/as en una repetición inconsciente. No es que elijamos “mal” por casualidad, sino que estamos actuando desde una parte de nosotros/as que aún necesita ser escuchada, vista y cuidada.
Romper estos ciclos lleva tiempo y requiere valentía, pero es posible. Entendernos mejor es el primer paso para empezar a construir relaciones distintas: más libres, más sanas y más fieles a quienes somos hoy.
