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¿Cómo influye la infancia en lo que me pasa hoy?

  • Foto del escritor: Mireia Font Becerra
    Mireia Font Becerra
  • 31 may 2025
  • 3 Min. de lectura

Hay momentos en los que nos sentimos desbordadas/os por emociones que no entendemos del todo. Reacciones que parecen exageradas incluso para nosotras/os mismas/os, decisiones que nos cuestan más de lo que “deberían”, vínculos que se repiten con un mismo guion aunque las personas cambien. Nos preguntamos por qué nos afecta tanto una crítica, por qué nos cuesta poner límites o por qué sentimos culpa cuando nos priorizamos. Y muchas veces, la respuesta no está en el presente inmediato, sino en una historia emocional que comenzó mucho antes: nuestra infancia.

patrones familiares simbolizados con matrioskas

Desde una mirada psicoanalítica, la infancia no es simplemente una etapa que queda atrás, sino el lugar donde se fueron escribiendo las primeras versiones de nosotras/os mismas/os: cómo somos, cómo debemos ser, qué se espera de nosotras/os, cómo se ama, cómo se sobrevive. En ese tiempo temprano, sin darnos cuenta, fuimos construyendo un mundo interno poblado de sensaciones, afectos y representaciones que siguen influyendo hoy. Es ahí donde empieza a entenderse cómo influye la infancia en lo que me pasa hoy.


En los vínculos tempranos, especialmente con las figuras de apego más importantes, aprendimos si era seguro sentir, si podíamos confiar, si teníamos espacio para ser quienes éramos sin ser castigadas/os o rechazadas/os. Aprendimos también qué emociones eran aceptables y cuáles no. Tal vez fuimos niñas/os a las que/os se les exigió ser fuertes, maduras/os o complacientes. Tal vez tuvimos que adaptarnos para no molestar, para sostener emocionalmente a adultos frágiles, para ganarnos el amor a cambio de silencio, obediencia o cuidado.


Y esa adaptación temprana fue muchas veces necesaria. No se trata de juzgar lo que hicimos para sobrevivir emocionalmente, sino de poder verlo con más conciencia y ternura. Porque esas estrategias que fueron útiles entonces —como no expresar rabia, complacer a todas/os, dudar siempre de lo que sentimos— hoy pueden estar limitando nuestra libertad, nuestra autenticidad, nuestra capacidad de estar presentes en la vida de una manera más plena.


Es importante entender que no estamos hablando solo de recuerdos concretos. Muchas veces no se trata de lo que pasó, sino de cómo lo vivimos, de qué huellas dejó en nosotras/os. La infancia influye no solo a través de los hechos, sino también a través de las experiencias emocionales internalizadas. A veces ni siquiera recordamos bien lo que ocurrió, pero sí sentimos ese eco interno: la vergüenza al mostrarnos vulnerables, el miedo a ser un estorbo, la sensación de no ser suficientes.


Estas marcas no son definitivas, pero sí son profundas. Y muchas veces es en la relación terapéutica donde comienzan a transformarse. Porque en el espacio de la terapia, al poner palabras a lo vivido, al mirar con más claridad lo que antes estaba envuelto en culpa o confusión, empezamos a construir una nueva narrativa sobre nosotras/os mismas/os. No es un camino inmediato ni lineal, pero sí profundamente reparador.

Entender cómo influye la infancia en lo que me pasa hoy no significa quedarse atrapada/o en el pasado. Al contrario: es una forma de liberar el presente de cargas que ya no nos pertenecen. Es dejar de reaccionar desde automatismos que aprendimos cuando éramos niñas/os y empezar a elegir desde un lugar más consciente. Es aprender a escucharnos con menos juicio y más compasión. Es, en definitiva, un proceso de recuperación de nosotras/os mismas/os.


Si algo de esto resuena contigo, tal vez sea el momento de mirar dentro con cuidado y acompañamiento. Porque sanar no siempre significa olvidar, sino poder comprender, integrar y seguir adelante con una versión de ti más entera, más libre y más fiel a lo que eres hoy.

 
 
 

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